10 mayo, 2007

Derrochar experiencia (I)

Por
José Enrique Villarino Valdivielso
Economista

Ninguna ley lo dice pero lo usual en este país, salvo en la docencia y pocos más quehaceres, es jubilarse a los 65 años. Suele estar esta importante circunstancia en manos de los sindicatos, recogida en los convenios de empresas o sectoriales.

Se trata, a mi juicio, de una norma que tenía su sentido como reivindicación hasta el último tercio del siglo pasado. Hoy, me parece que no tanto. Por varias razones: hoy día la mayoría de los trabajos en las sociedades desarrolladas no tienen una carga de penosidad física como hace 50 o más años y la esperanza de vida y las condiciones, físicas pero sobre todo mentales, a las que se accede a la edad de jubilación son infinitamente mejores que antaño para la media de la población.

Hasta hace bien poco la organización del trabajo era la heredada de la organización gremial medieval que descansa sobre tres categorías fundamentales: el aprendiz, el oficial y el maestro. Tres jerarquías que tienen mucho que ver con los grados masónicos dado que éstos tomaron de las organizaciones de constructores su “estructura” organizacional y funcional. A simple vista, puede parecer este sistema de organización del trabajo rígido y nada democrático pero han sido más las condiciones históricas de “contorno” las que han hecho del trabajo, en infinidad de circunstancias históricas, una actividad más próxima a la esclavitud que a una realización profesional y personal. Todavía hoy perdura esta clasificación en la industria y no sólo en los escasos oficios gremiales que perviven.

Este sencillo esquema en el que el aprendiz aprende el oficio, el oficial lo ejerce y desarrolla y el maestro lo amplía y mejora no ha sido superado por el clásico de hoy: becario, técnico y director. La singularidad y bondad del primero es que se trata de un esquema idóneo para la transmisión del conocimiento, del saber. El actual descansa no tanto en el conocimiento como en otro tipo de criterios, ajenos los más de ellos a la profesionalidad, mérito y conocimientos. El maestro de la antigüedad era el investigador, el innovador, mezcla de científico y ejecutivo, más de lo primero que de lo segundo. En nuestro sistema actual hemos sustituido al maestro por el director, el que dirige pero no enseña, el hecedor, el ejecutivo, el que hace hacer. Nada más. Ni siquiera organizador.

Lo de antaño garantizaba una cosa básica y esencial: la transmisión del conocimiento y la experiencia. El nuestro de hoy, no. Grave problema.

No hay comentarios: