26 septiembre, 2007

¡Que ni pintado a algo muy arraigado en .....! ... ¿R.O.?

Creerse imprescindible

Por
Plácido Fajardo

Socio de Leaders Trust International.
22-09-2007

La frasecilla me sentó como un tiro. Cuando uno comienza a abrirse camino en las procelosas aguas del mundo empresarial, deprime bastante escuchar cosas como ésa. A pesar de los casi veinte años transcurridos, recuerdo muy bien la escena. Me tocaba una tarea complicada, uno de esos marrones que no hay por dónde meter mano. El único que sabía cómo ayudarme era un colaborador que me doblaba la edad, famoso por sus malas pulgas y por ir a su bola. Era de la vieja guardia, hecho a sí mismo, sin demasiados estudios y a quien no gustaban los jefes jovencitos y sabiondos. Acudí a consultarle y casi sin mirarme me soltó jocoso: "El que quiera saber, que vaya a Salamanca". Me las hizo pasar canutas al principio, a pesar de ser su jefe o quizá por el hecho de serlo. Afortunadamente, acabamos entendiéndonos.

Aferrarse a lo que uno sabe y guardarlo para sí como escudo protector es una conducta mucho más habitual de lo que pudiera pensarse. En la vida cotidiana de nuestras organizaciones, la aspiración de seguir siendo alguien necesario se convierte a menudo en toda una obsesión. Si, además de necesario, uno llega a considerarse imprescindible, pues mucho mejor. Para ello, hay que procurar ser depositarios exclusivos de informaciones, conocimientos o hechos pasados específicos a los que casi nadie más tenga fácil acceso. Se trata de guardar celosamente la única llave de la caja donde reside la memoria histórica e intentar que no haya copias, una especie de táctica defensiva que ciertas personas utilizan. Cuentan lo justo sobre su trabajo y no comparten la información salvo que no haya más remedio. Y se sienten más poderosos por ello.

Probablemente, habrá quien sea comprensivo con este tipo de actitudes alegando como excusa el duro ambiente competitivo que se vive hoy día. Considerarse más valioso por la información que uno atesora equivale a tener ventaja. Se trata de un puro instinto de supervivencia, "si han de prescindir de alguien no será de mí" dirán algunos –a pesar de que los cementerios están llenos de imprescindibles–. O bien, "si han de promocionar a alguien, tendré más probabilidades seguramente" –craso error pues el pretendido imprescindible queda atado a lo que hace y lastrado para moverse–.

No creo que haya justificación. Estos comportamientos son un cáncer para los equipos de trabajo porque suponen un freno a su crecimiento y progreso. Además, entorpecen el desarrollo de los restantes miembros del grupo y suelen constituir frecuentes motivos de malestar que deterioran el clima laboral. Quien actúa de manera egoísta e insolidaria menoscaba el rendimiento colectivo. Resulta paradójico que se ponga tanto énfasis en mejorar la famosa "gestión del conocimiento" en las organizaciones y luego se toleren actitudes que representan todo lo contrario. Disponer de los mejores sistemas de información es una condición necesaria, pero no suficiente si no se actúa sobre los aspectos humanos, sean culturales o conductuales.

La excelencia en las empresas está reñida con el individualismo. Lo que necesitan las organizaciones no son francotiradores parapetados tras información reservada sólo para sus ojos, por muy resolutivos que parezcan, sino jugadores de equipo. Quien juega a ser imprescindible debería terminar pagándolo caro. Aunque no tanto como el jefe que lo consiente, bien sea por comodidad o por dejación, pues él es el verdadero responsable a fin de cuentas.

3 comentarios:

Bengador dijo...

Yo estoy de acuerdo con el contenido del artículo, pero no olvidemos que la ocultación de información es a veces un acto de autoprotección. En compañías injustas donde la carrera profesional de sus empleados es inexistente, ya que la promoción interna se basa en criterios arbitrarios y moralmente execrables, los empleados tienen derecho a la autoprotección, y en ocasiones, ésta consiste en la ocultación de información y conocimiento.

José Enrique dijo...

Amigo BENGADOR,
En esta ocasión siento no estar de acuerdo con tu argumentación, si bien entiendo lo que arguyes de las grandes corporaciones en las que la promoción por mérito es inexistente y arbitraria. Pero si en las cuestiones de principios no somos estrictos, todos los valores democráticos en este campo se nos vienen abajo.
Uno: la información, en una empresa, NO es propiedad de ninguno de sus empleados, desde el presidente al becario. Es de todos(yo diría que no sólo de los empleados, sino de todos los ciudadanos).
Dos: El poder, la mayor posición de dominio, o la defensa de intereses personales, por muy dignos y justos que nos parezcan,basados en la ocultación de la información o un uso torticero de ella, es penable judicialmente. Es apropiación indebida y atenta al bien común.
Tres: Contraviene el principio más elemental de la empresa que es el de compartir objetivos comunes,caminos comunes. NO es admisible segregar, ocultar.

Una actitud positiva, generosa, participativa,de ayudar al prójimo, muestra a los demás, directivos y compañeros, los valores de solidaridad y competencia. Ello blinda más frente a los despropósitos dela organizazión que tener guardados en un cajón tres papeles que el tiempo al poco convierte en humo, en papel mojado, ajado.
Un afectuoso saludo.

Anónimo dijo...

Y yo pregunto ¿Qué ocurre cuando una persona tiene esos valores y la organización de la empresa tiene una cultura y valores diferentes y no los respeta o comparte?.